Se venden ideologías seminuevas

5 05 2010
“Nadie tiene sueños eróticos con alguien muy simpático”.
Es el eslogan de una tienda de mi barrio, perteneciente a una cadena de perfumerías, con la que me topé el otro día dando una vuelta. No pude resistirme a fotografiarlo: me pareció que ilustraba a la perfección el grado de cosificación y devaluación de las personas al que hemos llegado. Junto a este cartel, había otras “perlas” publicitarias como “no existe el amor a primera charla” o “espejito, espejito, ¿quién es la mejor persona del reino?”. Además, en la web de la empresa en cuestión se pueden encontrar las “diez verdades”, para mí un tanto dudosas, de la firma sobre el mundo contemporáneo en las que se expone en diez sentencias, a cada cual más chabacana, que la estética prima sobre todo lo demás a nuestro alrededor. Lo más triste es que, a la vista de que este tipo de mensajes se cuelan en nuestras pantallas y calles sin que hagamos nada por evitarlo, pareciera que los publicistas de esta tienda de cosméticos tienen razón.
No es el único ejemplo -aunque sí es uno de los más agresivos que he visto últimamente-. Basta con echar un ojo a una revista, fijarse en las vallas publicitarias o mirar atenta y críticamente cinco minutos los anuncios en la televisión. Las referencias al aspecto físico de las personas como criterio de evaluación de los otros y de nosotros mismos plagan la mayoría de las campañas y spots. Se supone que el mundo del marketing se apoya en los valores que mueven el mundo hoy. La pregunta es si no es ese mismo mundo el que establece los valores. Cremas antiarrugas que proporcionan la eterna juventud, marcas de ropa que nos hacen irresistibles, coches que nos permiten vivir experiencias surrealistas, muñecas de cintura invisible y medidas imposibles a las que las niñas deben parecerse para estar en la onda, bebidas que nos revisten de sensualidad, cosméticos que harán que protagonicemos los sueños más subidos de tono de aquellos que nos atraen… Todos ellos contribuyen a crear y fortalecer en los consumidores la sensación de que necesariamente han de cubrir unos cánones estéticos para ser sexualmente atractivos. Cabe hacer hincapié en que es esto, el sexo, lo que se persigue, a veces de forma soterrada y otras de modo un tanto más explícito, en la mayoría de los anuncios. Ante la parte de ellos que intentan solucionar con sus productos nuestras carencias afectivas, pienso que la tendencia actual es a dirigir los mensajes en un claro tono sexual, coincidiendo quizá con la enorme confusión que impera entre amor y sexo en la sociedad de nuestros días (que ha ganado muchísimo en apertura y naturalidad al tratar la cuestión sexual, pero que no está siendo quizá bien enfocada por ciertos sectores mediáticos que, por contra, pienso que la están desnaturalizando). Aunque eso es otro tema, y sobre ello quizá escriba algo más adelante.
En cualquier caso, está claro que los publicistas saben sacar partido de la situación, y que, como en este caso, saben darnos donde más nos duele, que tiene narices que sea en nuestro aspecto físico. Me imagino que a algunos de mis vecinos, cuando pasen al lado del cartelito de marras, les tiene que subir la autoestima que da gusto… Para mí hay cosas que cuentan más que los kilos de más o las arrugas. Algunos me llamarán hipócrita, pero sintiéndolo muchísimo, es así. Me parece una torpeza lamentable que los creadores de esta campaña hayan caído en la trampa de generalizar unos criterios tan bajos y de considerarlos regentes de la sociedad contemporánea. Muchos escapamos a ese patrón. Entiendo que la publicidad, y ahora en tiempos de crisis más que nunca, busque a toda costa el impacto y el contacto con el receptor. Pero también creo que las agencias deberían tener más en cuenta la abrumadora repercusión que sus anuncios tienen en nuestro día a día; y, sobre todo, creo firmemente que la ética no está reñida con el mercado al que, al fin y al cabo, se deben. Y como no todo son malos ejemplos, nombraré como uno muy positivo la obra de arte en forma de spot que Renfe nos ha brindado últimamente, que seguro que conoces y que ha todos nos ha arrancado, al menos, una sonrisa.
Está claro que las dos empresas cuentan con circunstancias muy diferentes que hacen difícil la comparación, pero no parece necesario caer en este tipo de publicidad denigrante y vejatoria…
En cualquier caso, si el primer objetivo de la publicidad es que se hable de ella, esta marca ha logrado tocarme la fibra lo suficiente como para que tenga ganas de hacerlo. Esperemos que no logre el segundo, y es influenciar a los consumidores para que incorporen tanta sandez a su modo de vida. Qué vergüenza.”Merecemos un mundo más bello”, “ya hay suficientes cosas feas en el mundo”, reza la campaña de Bodybell. Vaya, vaya, si las hay. Y ustedes forman una parte monstruosa de ellas.
 
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