“¡Dadles circo!”

28 04 2010

Mi perplejidad aumenta por momentos cada vez que enciendo el televisor. La morralla satura las pantallas y bazofia de toda índole se cuela en nuestros hogares sin que nadie parezca molesto por la intrusión. No sólo eso: la audiencia de la telebasura se dispara, y mientras personajillos esperpénticos se enrriquecen gritando sandeces por televisión, las neuronas de cada vez más espectadores se embotan mientras éstos son atrapados por una espiral de estupidez.

Tal vez mi vehemencia se comprenda al observar lo siguiente (mis más sinceras disculpas por la pérdida de tiempo e inteligencia que pueda suponer al lector ver el siguiente vídeo):

No creo que sea necesario añadir nada al respecto (tal vez lo de siempre, que es lo que pasa cuando en las cadenas se cuelan personas sin preparación ni cualificación adecuadas). Pero no pienso que el problema principal sea éste (porque sí, y espero que coincidas conmigo, esto ES un problema. He oído más de una y más de dos veces que se trata de un programa de entretenimiento y que, por tanto, pueden permitirse esta clase de espectáculos porque su objetivo es entretener. Pero yo creo que existen unos límites: hay niños viendo la televisión a esas horas. Menuda clasecita de Historia).

Y entonces, ¿dónde buscamos responsables? Es obvio que la situación actual de la televisión es el resultado de la irresponsabilidad de muchas personas. Sin embargo, algunas de ellas podrían llegar a tener justificación y otras, sencillamente, no la tienen. En el primer grupo entran los dueños de las cadenas de televisión y los publicistas que soportan sus gastos, que rebajan al máximo su ética periodística y prescinden de sus escrúpulos ante la posibilidad de aumentar la audiencia. El otro caso es el del 17% de espectadores que ven este programa en su versión de noche. Para ellos no hay disculpa posible.

Tenemos la televisión que hemos pedido: una que nos entretiene, nos idiotiza, nos mantiene ocupados, nos hace olvidar -olvidar lo que vivimos, quienes somos, por qué deberíamos demandar otra clase de contenidos-, y, además, nos enseña Historia de manos de un personaje entrañable. Decía Calígula “Dadle circo a la plebe” , y añadía en voz baja “pero no les deis mucha comida”.

Pues eso: “¡Dadles circo!

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